Un Planeta que Merece Nuestro Amor
- Coach ANGELICAL de Vida

- 25 ago
- 4 min de lectura
Hay lugares que no solamente se visitan, se sienten
Durante mis viajes por Ecuador he tenido la oportunidad de conocer lugares maravillosos. Paisajes que me han hecho detenerme, respirar profundamente y simplemente contemplar.
Y cuando contemplamos de verdad, sin prisa, sin estar pensando en lo próximo que tenemos que hacer, ocurre algo especial: comenzamos a sentir.
Uno de esos lugares fue el Chimborazo.
Ver de cerca un volcán tan imponente y espectacular fue una experiencia magnífica.
Estar allí me permitió sentir la increíble energía de ese lugar y comprender por qué tantas personas llevan en su corazón el deseo de llegar a la cima de esta majestuosa montaña.
Hubo un momento que recuerdo especialmente.
Las nubes comenzaron a descender hasta cubrir la planicie y, literalmente, sentí que estaba entre las nubes.
Miraba a mi alrededor y pensaba en lo extraordinario que es nuestro planeta.
A veces estamos tan concentrados en nuestras responsabilidades, proyectos y situaciones cotidianas que olvidamos detenernos a mirar el hogar que Padre Madre Dios nos ha regalado.
Y cuando finalmente lo hacemos, podemos descubrir algo maravilloso:
Vivimos en un planeta HERMOSÍSIMO.
La paz también vive en la naturaleza
Otra experiencia maravillosa fue visitar el Parque Nacional El Cajas.
Allí la sensación fue diferente, pero igualmente especial.
Su flora, sus montañas, sus maravillosas lagunas y la inmensidad de sus paisajes crean una sensación de paz difícil de describir.
Hay lugares donde parece que la naturaleza nos invita a bajar el ritmo. A respirar. A observar. A escuchar. A simplemente estar presentes.
En El Cajas sentí precisamente eso: una paz increíble. Y pensé en cuánto necesitamos estos momentos.
Conectarnos con la naturaleza nos recuerda que somos parte de algo mucho más grande.
Nos ayuda a alejarnos por un momento del ruido de nuestra vida diaria para volver a encontrarnos con nosotros mismos.
No necesitamos hacer nada extraordinario.
A veces basta con contemplar una montaña, observar el agua de una laguna, sentir el viento o mirar las nubes para recordar lo maravilloso que es estar vivos.
¿Y si nosotros también somos el planeta?
Estas experiencias me llevaron nuevamente a reflexionar sobre algo que para mí es fundamental:
Yo soy parte del planeta. No estoy separada de ella. La Tierra es mi hogar. Es la que me brinda cobijo, alimentos, agua, naturaleza y el aire que respiro cada día.
Entonces comprendí algo todavía más profundo: cuando yo estoy bien, también estoy contribuyendo al bienestar del planeta.
Cuando me amo, me respeto y me cuido, comienzo naturalmente a cuidar aquello que me rodea.
Porque resulta difícil amar verdaderamente nuestra vida y al mismo tiempo ignorar el hogar que hace posible esa vida.
Para mí, allí comienza realmente el significado de Sanemos al Planeta.
Sanar comienza dentro de nosotros mismos.
Muchas veces pensamos que para cambiar el mundo necesitamos realizar acciones enormes. Yo creo que también podemos comenzar mucho más cerca. Podemos comenzar por nosotros.
Cuando una persona trabaja en su paz interior, aprende a comunicarse desde el respeto, sana sus relaciones, cultiva pensamientos de amor y comienza a vivir con mayor consciencia, esa transformación no se queda solamente dentro de ella.
La lleva a su familia. A su trabajo. A su comunidad. A cada persona con la que se encuentra.
Y también la lleva a su relación con la naturaleza. Si estoy aprendiendo a cuidarme, también puedo aprender a cuidar mi entorno.
Si agradezco el alimento que recibo, puedo valorar más la tierra que lo produce. Si agradezco el aire que respiro, puedo apreciar los árboles y la naturaleza que me rodean. Si comprendo que este planeta es mi hogar, comienza a nacer en mí el deseo de protegerlo, respetarlo y bendecirlo.
Todo comienza con consciencia.
Volver a maravillarnos.
Quizás una de las cosas que más necesitamos es volver a maravillarnos.
Mirar nuevamente nuestro planeta como si fuera la primera vez que lo vemos. Una montaña. Un volcán. Una laguna. Un bosque. El océano. Una flor. Las nubes descendiendo sobre una planicie.
¿Cuántas maravillas tenemos delante de nosotros todos los días y ya no observamos?
Mi experiencia en el Chimborazo y en El Cajas me recordó que la naturaleza también
puede convertirse en una gran maestra.
No necesita hablarnos con palabras. Su inmensidad nos enseña humildad. Su belleza nos invita a agradecer. Su tranquilidad nos recuerda la importancia de la paz. Y su generosidad nos muestra cuánto recibimos diariamente.
Sanemos al Planeta entre todos
Sanar al planeta no es responsabilidad de una sola persona, organización o país. Es una invitación para todos.
Y podemos comenzar desde algo tan sencillo como preguntarnos:
¿Cómo estoy cuidando el lugar que me cuida a mí?
Pero también podemos ir un poco más profundo:
¿Cómo estoy cuidándome a mí mismo?
Porque ambas preguntas están conectadas. Hoy quiero invitarte a salir, aunque sea por unos minutos, y conectar conscientemente con la naturaleza. Observa el cielo. Mira un árbol. Contempla una montaña. Camina cerca del agua. Respira profundamente. Y agradece. Agradece a Padre Madre Dios por este extraordinario hogar que tenemos.
Después pregúntate:
¿Qué puedo hacer yo para contribuir a su bienestar?
Quizás descubramos que sanar al planeta no comienza únicamente cuidando lo que
está afuera.
Comienza también cuidando lo que está dentro de nosotros.
Cuando sanamos, amamos y respetamos nuestra propia vida, comenzamos a mirar con nuevos ojos la vida que existe a nuestro alrededor. Yo soy parte de este planeta. Tú también eres parte de él.
Sanemos al Planeta, entre todos.
Si deseas aprender herramientas que te ayuden a sanar, crecer, elevar tu nivel de consciencia y contribuir desde tu propia transformación al bienestar de quienes te rodean, te invito a conocer los programas de la Formación Zolemgeh Estrella. Cada transformación personal puede convertirse en una hermosa semilla para transformar nuestro mundo.
Por Maestra Zoly Sananda Morales
+1-813-362-2085




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