La sabiduría de los ciclos: cuándo crecer, florecer, soltar y descansar
- Faumarili Estrella T
- hace 11 minutos
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Vivimos en una sociedad que muchas veces nos invita a avanzar constantemente. Hacer más, producir más, aprender más, alcanzar nuevos objetivos. Sin embargo, cuando observamos la naturaleza, descubrimos una verdad diferente: la vida no crece de manera constante; la vida se mueve en ciclos.
Un árbol no tiene flores todo el año. La semilla primero permanece bajo tierra antes de convertirse en brote. Después crece, florece, da frutos y, finalmente, deja caer sus hojas para entrar en un tiempo de descanso. La naturaleza no se apresura. Cada etapa tiene su momento.
Y nosotros también.
Crecer: el tiempo de las raíces
Hay momentos de nuestra vida en los que sentimos la necesidad de avanzar, aprender, comenzar algo nuevo o construir un proyecto. Es nuestro tiempo de crecimiento.
Pero crecer no siempre significa hacer más. A veces crecer significa ir hacia dentro. Como una semilla que desarrolla sus raíces en silencio antes de asomar a la superficie, nosotros también necesitamos períodos de preparación que no siempre son visibles para los demás.
Aprender, sanar viejas heridas, adquirir experiencia, descubrir quiénes somos o simplemente atravesar un momento de incertidumbre también es crecimiento.
Quizás por eso no deberíamos juzgar nuestra vida por lo que vemos desde fuera. Muchas de las transformaciones más importantes ocurren en silencio.
Florecer: permitirnos mostrar quiénes somos
Después del crecimiento llega el momento de florecer.
Florecer es compartir con el mundo aquello que hemos cultivado dentro de nosotros. Puede ser comenzar un proyecto, expresar nuestra creatividad, establecer una relación, compartir nuestros conocimientos o simplemente vivir con mayor autenticidad.
La naturaleza no se pregunta si merece florecer. Cuando llega el momento, florece.
Nosotros, en cambio, muchas veces esperamos sentirnos completamente preparados. Dudamos, nos comparamos y tememos no ser suficientes.
Tal vez florecer también implique aceptar nuestra imperfección y comprender que no necesitamos ser otra persona para ofrecer algo valioso. Cada flor tiene su propia forma, su propio color y su propio momento.
Soltar: comprender que nada permanece igual
Existe una etapa que puede resultar especialmente difícil: la de soltar.
El otoño nos ofrece una de las imágenes más poderosas de este proceso. Los árboles dejan caer sus hojas. No porque hayan fracasado, sino porque saben que ha llegado el momento de liberar lo que ya cumplió su función.
En nuestra vida también necesitamos soltar.
Podemos soltar una relación, una costumbre, una idea sobre nosotros mismos, un trabajo, una expectativa o incluso una versión de quienes creíamos que debíamos ser.
Soltar no significa olvidar ni negar lo vivido. Significa reconocer que algo ha cumplido su ciclo y permitir que pueda abrirse espacio para lo nuevo.
A veces nos aferramos porque confundimos soltar con perder. Sin embargo, la naturaleza nos muestra que dejar ir también forma parte de la vida.
Descansar: el valor de detenernos
Después de la caída de las hojas llega el invierno. La tierra parece detenerse. Los árboles descansan, las semillas permanecen protegidas bajo el suelo y la naturaleza entra en un período de aparente quietud.
Pero incluso en el silencio existe movimiento.
El descanso no es ausencia de vida. Es una parte esencial de ella.
Nosotros también necesitamos momentos de pausa. Dormir, estar en silencio, caminar sin objetivos, desconectarnos de las pantallas, contemplar la naturaleza o simplemente no hacer nada pueden ser formas profundas de recuperación.
Sin embargo, vivimos muchas veces el descanso con culpa. Sentimos que deberíamos estar produciendo, avanzando o aprovechando el tiempo.
¿Qué ocurriría si comprendiéramos que descansar también es avanzar?
Una tierra agotada no puede ofrecer una buena cosecha. Un cuerpo agotado tampoco puede sostener indefinidamente nuestras exigencias.
Aprender a vivir con nuestros ciclos
La sabiduría de la naturaleza no consiste en permanecer siempre iguales, sino en saber transformarnos.
Habrá momentos para sembrar y momentos para recoger. Días de expansión y días de recogimiento. Etapas para comenzar y otras para terminar. Momentos en los que necesitaremos compañía y otros en los que buscaremos silencio.
No todos nuestros ciclos coincidirán con los de las personas que nos rodean. Mientras alguien está floreciendo, otra persona puede estar atravesando su invierno. Compararnos puede hacernos creer que estamos atrasados cuando, simplemente, estamos viviendo otra estación.
Quizás una de las formas más amorosas de vivir sea preguntarnos de vez en cuando:
¿En qué estación de mi vida estoy?
¿Necesito crecer y echar raíces?¿Es momento de mostrarme y florecer?¿Hay algo que necesito soltar?¿O mi cuerpo y mi alma me están pidiendo descanso?
La respuesta puede cambiar con el tiempo.
Volver al ritmo de la Tierra
Reconectar con los ciclos de la naturaleza puede ayudarnos a recuperar nuestros propios ritmos. Observar las estaciones, cuidar una planta, caminar por un bosque, contemplar la luna o simplemente prestar atención a los cambios del paisaje puede recordarnos que la vida no es una línea recta.
Somos parte de esa naturaleza.
Tenemos momentos de luz y de oscuridad, de expansión y de quietud, de nacimiento y de transformación. No necesitamos estar floreciendo todo el tiempo.
También somos raíz. También somos semilla. También somos hoja que cae. También somos tierra que descansa.
Y quizá la verdadera sabiduría consista en aprender a reconocer cada etapa, respetarla y confiar en que, después de cada invierno, la vida siempre encuentra una nueva manera de comenzar.
Maestra Zoly Faumarili Estrella
Coach ANGELICAL de Vida




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